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CONSAGRACIÓN DE SÍ MISMO Y DEL MUNDO AL CORAZÓN INMACULADO DE MARIA, REINA DE LA PAZ,
REINA DEL UNIVERSO, REINA DE LOS CORAZONES Y POR ELLA A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
El fin de la consagración son los desposorios místicos, la alianza de las dos naturalezas divina y humana en el Corazón de Dios, por medio del Corazón humano, pero inmaculado de la Virgen Maria.
La unión con Maria tiene por efecto el de ofrecer a los más pobres los frutos de la unión mística que lo encontramos sólo en las séptimas moradas: la infancia espiritual, la intimidad con la vida trinitaria, el deseo intenso de sufrir en unión con la pasión redentora de Cristo, el total abandono a la voluntad de Dios y gracias de intimidad casi constantes. Tradicionalmente la vida de unión con María, unida a Dios, se manifiesta como una luz que Dios da al final de la noche del espíritu, como un grado suplementario y más íntimo de la unión. Por la consagración al Corazón Inmaculado de María, el más sencillo de los hijos de la Virgen se beneficiará de las ternuras y de los auxilios reservados habitualmente al novio o al esposo. Consagrar y sacrificar significan la misma cosa etimológicamente: hacerse sagrado por medio de una ofrenda a Dios. El fin de la consagración es el de sacrificarse totalmente por amor, pero en el Corazón de María, es decir, de la manera más dulce y más tierna. Todo aquello que no podemos llevar a cuestas, por nosotros mismos, se lo ofrecemos, para que, como en el sacrificio de la Misa, por la consagración de aquello que es amargo, el pan de miseria, se haga dulce, pan de los ángeles. Cuando hemos comprendido este principio redentor, concebido por la Sabiduría divina, se tiene sed de colaborar con la Virgen en la consagración de sí mismo y del mundo como lo ha hecho de una manera tan explícita el Santo Padre al abandonar Czestoehowa:
"Madre de la Iglesia, nuevamente yo me consagro a ti, a tu maternal esclavitud de amor: ¡Totus tuus! ¡Soy todo tuyo! ¡Te consagro toda la Iglesia, donde quiera que ella esté, hasta las extremidades de la tierra! Te consagro la humanidad; te consagro todos los seres humanos, mis hermanos; todos los pueblos y todas las naciones. Te consagro Europa y todos los continentes. Te consagro Roma y Polonia unidos a través de tu servidor por un nuevo lazo de amor. ¡Oh Madre, dígnate aceptarlo! ¡Oh Madre, no nos abandones! ¡Oh Madre, guíanos!"
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